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La Coctelera

POESÍA VIVA

5 Octubre 2008

Míster Bond

1

- ¡Míster Bond, míster Bond! – llamaba a voz en cuello a su perro, ese niño que era yo.

Fuera de la casa, trasponiendo la verja, el chamaco miraba a un lado y a otro de la banqueta esperando descubrir al beagle café con pintas blancas en el pecho, los dedos de sus cuatro patas y la punta de la cola. Y como por arte del pipiripao, salió el animal del baldío vecino al número 18 de la calle de Manuel Doblado, donde se hallaba el vetusto pirul conocido por la comunidad de la calle como “el árbol”.

Llegado el can, quien saludó a su dueño con un par de enérgicos movimientos de cola. Una vez que hubo condescendido a que el niño le acariciara brevemente la cabeza, ambos comenzaron a caminar rumbo al poblado conocido como Santa Cruz del Monte, a donde se dirigía el joven a comprar hule para su resortera, pues el día anterior se había reventado un tirante cuando tiraba al blanco que era una lata de puré de tomate que había rescatado de la basura, bajo las recomendaciones reiteradas de su abuela:

- No te vayas a cortar con esa lata, son muy filudas esas cosas.

- No, Lita - respondía yo con un tono de voz que enfatizaba el pleno conocimiento del riesgo y mi gran suficiencia para evitar el peligro.

2

El fraccionamiento ciudad satélite era por ese entonces un conjunto de terrenos baldíos entre calles muy bien pavimentadas, con una que otra casa salpicando el paisaje, así que el niño que era yo y su perro atravesaron de Manuel Doblado a Bernardo Couto y de ahí a Ezequiel Montes para llegar a la loma, que en realidad era un grandísimo tanque de agua cubierto con una capa vegetal que le daba una muy ecológica apariencia.

Subieron y bajaron la loma y cruzaron un llano que después vendría a ser el circuito actores y que en ese entonces era el lugar donde se ubicaba nuestro campo de beisbol.

Subieron por la única calle del poblado y llegaron, el niño y el perro caminando a corta distancia uno del otro, a la tienda donde un señor de aspecto muy rural le vendió al chamaco dos hules del mismo tamaño, unos treinta y cinco centímetros.

Mientras el tendero bigotón le ofrecía una pieza de metal para hacer una resortera, el míster Bond sentado en el umbral de la tienda miraba pasar la gente y algunos automóviles y camionetas.

Mi perro siempre fue muy tranquilo, pensativo, reflexivo, muy observador y atento. Obediente y amistoso pero jamás empalagoso, quizá un tanto seco en la expresión de sus sentimientos.

- Vámonos, Bond.

Inmediatamente el perro cogió el camino de regreso y se adelantó unos diez metros cuando, saliendo de un terreno donde se ubicaba una vivienda con piso de tierra y materiales ligeros, un perro negro poco más alto que míster Bond, se le puso enfrente con una actitud retadora.

Míster Bond no se amilanó, con la cola tiesa levantando las orejas como sólo un beagle lo puede hacer, elevando el cartílago de la junta con la cabeza, se acercó al negro y se le puso costado a costado, vigilando los movimientos del oponente.

El niño iba a intervenir con la intención de asustar al perro negro, mas, por su mente pasaron dos ideas vertiginosas, primera: el perro estaba en su territorio; segunda: míster Bond se veía seguro. Así que se detuvo a seis metros de la escena.

El perro negro gruñó malhumorado y se dispuso a darse la vuelta para atacar al míster Bond, pero este, más rápido y agresivo lo empujó y le tiró varias dentelladas al lomo. El negro chilló, lastimado y corrió hacia la casucha despareciendo para dejar a beagle en la banqueta con el pelo del cuello erizado y el hocico enfurruñado.

Con medida confianza el niño se acercó a su perro y llamándolo por su nombre le instó a continuar el camino. Míster Bond echó una última mirada hacia donde se fue el perro negro y luego miró a su amo cambiando radicalmente su actitud, adoptando esa mirada comedida y recobrando su alegre paso.

3

Mi abuelito Eulogio hizo al míster Bond callejero, según mi abuelita Jovita y en realidad así fue, pues él le abrió la puerta y de alguna forma le alentó a irse a pasear por su cuenta.

Para ir a hacer sus necesidades míster Bond se acercaba a alguno de nosotros y nos instaba a abrirle la puerta con un chillido controlado batiendo la cola, cualquiera de nosotros le abría la puerta y el perro salía, tiraba su detritus y volvía a la casa.

Cuando llegaba arañaba la puerta de madera, que era la puerta de entrada y se sentaba muy derechito a esperar que alguien oyera el llamado y le abriera. Cuan tardábamos volvía a rasguñar la puerta y sedente volvía a la espera, hasta que alguien le abría, al pasar el perro miraba a su portero y daba un par de coletazos, a manera de agradecimiento.

4

Mi papá y míster Bond no eran muy amigos pero el perro comprendía que mi papá era el jefe.

- Míster Bond, ven – le decía mi papá llamándolo desde su cama donde estaba acostado.

El perro, que iba pasando rumbo a la escalera, se detenía y volteaba a a verlo con cara mustia. Le movía la cola un par de veces, sin mucha convicción, e intentaba seguir su camino para detenerse inmediatamente ante un segundo reclamo.

- Míster Bond, ven acá.

Entonces el beagle avanzaba lentamente hacia mi papá y llegaba hasta la orilla de la cama. Desde donde miraba a mi papá con cara circunspecta.

- Sube - ordenaba mi papá.

Y el perro subía de un ágil salto quedándose a su píes.

- Ven acá – ordenaba mi padre.

Con harto trabajo míster Bond se le arrimaba sabiendo lo que iba a ocurrir. Mi papá lo sujetaba abrazándolo o más bien apretándolo con fuerza hasta arrebatarle un chillido. Entonces le dejaba libre para que saliera disparado.

Ese era el juego que tenía mi papá con mi perro, al cual míster Bond se sometía muy contra su voluntad pero disciplinadamente.

Era fabuloso ese perro.

5

Sí, míster Bond era un gran perro. Había un detalle sorprendente, sus ojos eran si no exactamente iguales, mucho muy parecidos a los míos. Este aspecto lo descubrió el gordo Contreras y en ocasiones, bajo el influjo etílico, se me quedaba mirando y tomándo de la cara amistosamente me decía:

- ¡Míster Bond!

6

Cuando míster Bond tenía más de una año, entre la familia surgió la idea de sber a quién le hacía más caso el míster Bond.

En la sala nos sentamos en círculo mi papá, mi abuelita, mi abuelito y yo, antes de ocupar mi lugar, dejé al perro en medio de la sala.

A la una, a las dos y a las tres, todos, cada uno, excepto mi abuelita, le empezamos a llamar y él nos miraba e iniciaba la marcha hacia alguien y luego reculaba,

A todas luces manifestaba un conflicto y empezó a chillar inquieto.

Entonces mi abuelita le dijo como ella le llamaba:

- Bon.

Y el beagle se fue derecho hacia ella y le brincó al regazo.

Mi abuelita había ganado, indudablemente.

Mi papá entre celoso y racional dijo:

- Es porque ella le da de comer.

7

Los muchachos de circuito diplomáticos solíamos tener partidos de futbol en el parque central, ubicado frente a circuito cívico del lado poniente del periférico. Allí colocábamos piedras y suéteres para marcar las porterías y practicábamos el juego del hombre contra equipos de otros circuitos o de la unidad López Mateos, de por viveros de la loma.

De circuito diplomáticos el parque central está como a un kilómetro de distancia.

Me fui con mis amigos a jugar como a las cuatro de la tarde.

Cuando salí de la casa el míster Bond no estaba, me fui caminando en pleno chacoteo, llegué al parque y nos pusimos a jugar. Yo jugaba de medio izquierdo.

En una pausa entre el va y viene del juego, miro hacia la avenida circunvalación poniente y descubro a míster Bond olfateando la senda. Camina con paso ligero sin levantar la cabeza.

Llega a mí y cuando está cerca levanta la cara, me mira y corre hacia mí. Se acerca me pone las patas encima, le acaricio la cabecita y se va por ahí. Me esperará a que termine de jugar y me acompañará a casa.

8

Míster Bond y yo fuimos grandes amigos sin duda. Paseábamos por las calles de Ciudad Satélite y por la presa Marín y por algunos pueblitos a la redonda. Yo en mi bicicleta y él andando, yendo y viviendo a mi alrededor.

De pronto, de un día a otro, empezó a comportarse en forma extraña, huraño.

Yo le conocía bien y notaba que hacía esfuerzos por agradarme, como siempre, pero no lo conseguía, algo en su alma se lo impedía.

Así estuvo unos tres días y al cuarto ya no regresó de sus paseos solitarios.

Nunca más.

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Sobre mí

Gilberto Medina Casillas es un hombre, e intrínsecamente: un poeta. Desconociendo las razones de su extremado pudor, poco de su obra ha sido publicado, solamente las poesías y algunos cuentos y secuencias recogidas por Arturo Rivas Sainz, maestro tapatío muy amigo del poeta. Sin embargo, su gusto es ofrecer esporádicamente recitales, con el puro afán de liberar la obra un poco de su limbo presurizado que son los cajones olvidados. Se ha presentado en Guadalajara en la casa de la Cultura de Agua Azul; en la Galería Municipal; en la Sala Higinio Ruvalcaba y en el Castillo de los Colomos. Es miembro permanente de la Asamblea de poetas y se ha presentado en varias ocasiones en la sala Alconedo de la casa de la Cultura, en el museo de Santa Mónica, en el fuerte de Guadalupe y en otros sitios en la ciudad de Puebla. Ha escrito, dirigido y producido un programa de radio cultural llamado "Espacio Abierto", el cual ha tenido dos épocas, la primera en Radio Aztlán en Nayarit y la segunda en Radio Acir, en Puebla. En la Internet figuró durante dos años la página POESÍA VIVA la cual tuvo reconocimiento y destacados comentarios por parte de la revista Link (julio de 1999) Ahora revindica su nueva dirección: www.espacioblog.com/gilme “La poesía viva la que explota en los oídos simultáneos y caliente se desliza por el pecho hacia el corazón”

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