El detalle
1
La noche caía como una noche cualquiera sobre el bosque, un suave viento apenas mecía las ramas altas de los árboles y el sol comenzaba a ceder su dominio a la penumbra.
El campamento ya estaba casi armado, los últimos amarres sujetaban las tiendas de campaña muy modernas, unas con aspectos de igloos plásticos y otras policromas que sugerían tipis de una tribu hippie.
La fogata al centro del semicírculo que describían los pequeños tabernáculos, iba cobrando fuerza, bien hecha apuntaba su fuego hacia donde minutos más tarde se vería la luna llena.
2
Jóvenes de ambos sexos charlaban realizando tareas diversas y una música monótona servía de fondo a los preparativos de la velada.
Raquel y Ana entre risas, terminaban de hacer el ponche en una gran cacerola de aluminio, vertiendo una botella de dos litros de ron blanco.
3
Adrián, César y el morocho, fumaban marihuana metidos en el bosque, sobre una lomita desde donde se divisaba el campamento a corta distancia.
4
Eduardo bromeaba con Laura llegando a donde Ana probaba el ponche.
- ¿Qué tal quedó? – preguntó Laura.
- Pruébalo – le contestó Ana tendiéndole el vaso en el que había bebido.
- ¡Qué rico! – dijo pasándole lo que quedaba en el vaso a Eduardo quien lo engulló de un sorbo.
- Está bueno – dijo.
Raquel se puso a acomodar vasos desechables sobre la mesa de tijera que sostenía la cacerolota mientras gritaba a todo pulmón:
- ¡Ya está el ponche!
5
Miguel, Juan y Julieta hicieron su aparición, Raquel les entregó sendos vasos; a poco llegaron los pachecos con harta sed y fueron surtidos con ponche.
Con sus vasitos en la mano fueron a sentarse sobre cobijas alrededor de la fogata, Miguel apagó la reproductora de CD desapareciendo el ponchis ponchis ipso facto.
El morocho se colocó la guitarra sobre las piernas cruzadas tocando a continuación un par de acordes para chequear la afinación del instrumento.
6
La luna llena, la fogata a todo lo que da, el ponche en las venas y la guitarra bien tocada, están haciendo una linda velada donde los jóvenes siguen los cantos y se espantan los zancudos de cuando en cuando.
7
Adrián no podía quitarle los ojos de encima a Raquel, la luz de la fogata aguzaba su perfil, le parecía estar viendo un ángel femenino de una belleza inalcanzable.
8
Raquel experimentó una extraña calidez que atribuyó a la bebida alcohólica, sentía la mirada de Adrián como una caricia envolvente. Eran sus estrógenos comenzando a correr en su sangre más rápidamente los que la hacían más y más bella.
9
Como sin querer, Raquel volteó y miró a Adrián, sus miradas se cruzaron creando un túnel entre ambos, se conectaron sus almas en un instante y desde el fondo de sus corazones supieron que se pertenecían el uno al otro de una manera trascendente.
10
Adrián sonrió estupidizado y Raquel sintió ternura, una inmensa ternura y sonrió a su vez despertando en el hombre un tremendo deseo que le secó la garganta con una sensación parecida al miedo.
11
Aún en el plano de la estupidez, Adrián solamente atinó a levantar el vaso hacia ella en señal de brindis. Ella entendió el gesto y se llevó su vaso a los labios con extrema coquetería. Adrián estaba anonadado y apuró el contenido de su vaso sin detenerse. Entonces, súbitamente, recordó que estaba en un campamento con sus amigos de la escuela preparatoria.
Volviendo en sí se levantó y fue hacia donde se hallaba el ponche, sirvió su vaso y caminó con determinación hacia donde estaba sentada Raquel; aún de pie le dijo:
- Te cambio el vaso.
Ella lo miró y después de dar un trago largo le dio su vaso y tomó el vaso lleno que le ofrecía su compañero. Acto seguido, Adrián, fue a donde el ponche de nuevo y escanció el vaso que llevaba en la mano. Se volteó hacia la fogata y tomó la mejor decisión de la noche: fue y se sentó junto a Raquel.
12
El morocho cantaba acompañándose con la lira una canción de Alejandro Lora, una que habla sobre que las piedras rodando se encuentran, Raquel y Adrián se sabían destinatarios de la rola. Alcanzaban a percibir con absoluta claridad un calor magnético que salía de sus cuerpos, de uno y otro, se tocaban.
13
Mientras el misterio de amor se iba entretejiendo entre Raquel y Adrián, el ponche se iba consumiendo y ya sonaban carcajadas, el morocho, experto en fiestas de amigos y heredero de una vocación de hábil entretenedor, se puso a cantar la San Marqueña sumando las risas de todos sus amigos con las frases de doble sentido.
La luna hacía su recorrido hacia el poniente cuando el morocho se tomó un descanso, Laura y Eduardo, que ya eran novios, se besaban sin pudor, recostados encima de una cobija junto a la fogata, los demás ponían las bases para jugar dígalo con mímica.
14
Raquel y Adrián eran perfectamente conscientes de que algo estaba sucediendo en sus almas, las feromonas combinadas con el alcohol y la agradable velada conjugaban la vivencia trascendental en que ambos se veían envueltos. Se miraron con curiosidad, intentando saber si el secreto que entrañaban era cierto; y sí. Lo era. Sus corazones estaban fundidos y el deseo apareció a flor de piel. Irremediablemente tendrían sexo.
15
Pero no en este campamento, ni en los siguientes días. El estilo de Adrián no era promiscuo ni Raquel era una chica fácil. Ambos sabían, que se amaban, que se amarían y parecía que nos les corría prisa. Entonces comenzaron con las cartas.
16
Coincidió que después de ir al cine, Adrián le entregó a Raquel una carta en sobre cerrado, la cual extrajo de la cajuelita de guantes del auto de su papá, donde la había guardado al salir de su casa. Raquel la recibió, abrió su bolso, la depositó dentro y a su vez sacó un sobre y lo entregó a Adrián, ambos rompieron a reír pues no se había puesto de acuerdo, a los dos se les había ocurrido la misma idea, expresar sus sentimientos epistolarmente.
Adrián se acercó a Raquel con suavidad, la abrazó aún riendo y de pronto, de golpe, cesaron las risas y se besaron largamente, era su primer beso, dulce y apasionado, la prueba irrefutable de su amor, el cual mezclaba pasión y respeto.
Luego se miraron y vieron cada uno la totalidad del universo en los ojos del otro.
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La carta de Adrián conmovió a Raquel hasta la médula, no pudo resistir llamarle por teléfono a las doce de la noche, lo hacía deseando con toda su alma que no fuera a contestar ninguno de sus papás.
Adrián oyó el timbrazo y corrió al teléfono, sabía, creía, deseaba, que era ella.
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Cartas inspiradas llenas de romanticismo y entrega, llamadas maratónicas por las noches en las cuales los amorosos se alternaban. Se iba construyendo la trampa inevitable que los llevaría a la cama.
Y sucedió.
19
A valores entendidos salieron una tarde y en lugar de ir al cine, como acostumbraban, Adrián los condujo a un hotel de paso.
20
Rebasados los nervios de una situación nueva, bajaron del auto y subieron a la habitación. Tan solo llegando se arrojaron en un abrazo y se besaron repetidamente. Con extremo pudor, se deshicieron de la ropa y se metieron a la cama, de donde se levantó Raquel para ir al baño. Llegando ella se levantó Adrián y fue a orinar. Ambos flotaban.
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El joven salió del baño con un preservativo puesto y se cubrió con las sábanas sintiendo el calor que irradiaba Raquel, oliéndola la comenzó a acariciar como el instinto le iba dictando, la joven se le entrega sin cortapisas, su saliva era delgada y sabrosa.
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Por su parte, Raquel estaba subida en una nave espacial y comenzaba su vuelo interestelar.
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Sólo ellos saben cómo se acomodaron y a los pocos minutos Adrián estaba sobre ella repitiendo el movimiento que durante todos los siglos ha constituido el meollo de la raza humana.
Las sábanas echadas a un lado veía y gozaba a Raquel desnuda bajo su peso aliviado con sus brazos extendidos en la posición del misionero.
Raquel sentía la penetración y jadeando deseaba que ese momento fuera eterno.
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Adrián, antes de eyacular, hizo un esfuerzo sobrehumano y comprimiendo el músculo pubeocogcígeo, detuvo el esperma aún, sabiendo, por sus atinadas lecturas, que las damas merecen el mayor tiempo posible del acto sexual.
Pero fue inútil, la detención duró tres segundos e inmediatamente Adrián chorreo sus semillas de la vida dentro del látex.
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Raquel se dio cuenta y no se frustró, tolerante se sintió satisfecha, esperando una segunda ronda más tarde. Con coquetería se dio vuelta mostrando sus nalgas a su joven enamorado.
26
Adrián regresaba del planeta Urano cuando se dio cuenta de un detalle que lo conmocionó. En la asentadera derecha de Raquel estaba tatuado un corazón rojo traspasado por una flecha.
27
Mientras Raquel dormitaba a la espera de una nueva embestida del macho, una peligrosa amargura comenzó a filtrase en el alma de Adrián. ¿Cómo era posible que esa chica tan tierna de la cual se había enamorado tuviera un obsceno tatuaje en una nalga?
¿Qué significaba?. ¿En qué sórdidos lugares había estado Raquel?. ¿Con quiénes había cogido?. ¿Quién la había tatuado?.¿Por qué?.
Un demonio de celos e incomprensión nubló la mente del muchacho, se sintió bajo y vulgar y odió a Raquel con todo su corazón. La despreció absolutamente.
Su amor se terminó de un tajo. Se levantó, fue a bañarse y en silencio se vistió.
Mientras lo hacía un sudor frío recorrió la espalda de Raquel, un inmenso pavor le asoló, en su mente perspicaz pensó: “Adrián vio mi tatuaje”. ¿Pero qué pasa?.
Se quedó inmóvil sin saber qué hacer o qué decir. Adrián abandonó la habitación sin decir una sola palabra. Subió al coche y se marchó.
Lágrimas amargas corrieron por el rostro de una joven, que un día en Cancún cometió la ocurrencia de tatuarse un corazón de la buena suerte para el amor, a instancias de un grupo de amigas que hicieron lo mismo.
Le hubiera podido explicar a Adrián, mas el joven no estaba allí.
28
Raquel y Adrián se siguieron viendo en la preparatoria un tiempo pero ya no se dirigieron la palabra, la carcasa que contenía las almas gemelas, se había roto.
